Mostrando las entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas

17 marzo, 2011

El diario de Nina Sayers (final)




13 de noviembre de 2010

Nuevamente los ensayos, una y otra vez repetimos los mismos pasos. Leroy dice que estoy demasiado rígida, soy Odile y se supone que debo seducir. Le pregunta a mi compañero si honestamente se acostaría conmigo, David solo sonríe algo incómodo.
-         ¿Lo ves?, nadie lo haría –  Otra vez girando, concentrándome en mis movimientos y tratando de alcanzar esa fluidez que tanto me reclama – repentinamente da la práctica por terminada, pero cuando voy a recoger mis cosas él me detiene.
-         No, no, tú te quedas – puedo ver la malicia en los ojos de los dos muchachos – bien Nina, desde el principio.
Comenzamos a danzar, tararea la música, porque hasta el maestro de piano se ha marchado, volvemos a repetir la pieza, sus brazos me envuelven la cintura, yo lo alejo; de nuevo nos unimos… ahora su mano desciende por mi muslo, me vuelve hacía él y me besa con pasión, casi con furia, sus manos son ahora dos ríos ardientes que comprimen mis pechos, bajan por cintura y se centran en lo más íntimo de mi ser. Sigue besándome. De pronto se aparta de mí.
-         Ese era yo seduciéndote, cuando debería ser al contrario – me quedo en medio de la sala. Una mezcla de sentimientos me abruma, me siento humillada, inútil, incapaz de lograr lo que Thomas desea de mí a pesar de todos mis esfuerzos.
Me deslizo hasta el suelo, con el rostro inundado de lágrimas, una sombra en la puerta me asusta, es Lily. Me ofrece unos cigarrillos, ella parece no tener disciplina alguna, sin embargo, termino por aceptar uno. Soy una estúpida, pero me sentía tan mal y aparte de mi madre no tenía con quién más hablar y termine contándole lo del incidente con el director. Lily dice que es un cerdo, por muy brillante que sea, igual es un cerdo. Yo le digo que ella no lo conoce, sus hermosos ojos se abren burlones.
-         ¿No será que te estas enamorando del profesor? – buscaba consuelo, no que se burlara de mi; la escuche diciéndome que solo había sido una broma. No quería seguir oyendo sus disculpas, tome mis cosas y salí rumbo a casa.
Ansiaba un buen baño caliente, relajar mis músculos, que agradable sensación estar sumergida en el agua. Sentí la necesidad de acariciarme de nuevo, mis manos descendieron hasta aquel íntimo rincón, sentí placer, pero nada comparado con lo de la otra noche. Me sumergí por completo. Unas gotas golpeando la superficie me despertaron de mi letargo, al abrir los ojos, era sangre, estaba viéndome a mi misma a través del agua, pero con eso gesto perverso; me levanté, mire mis dedos, sangraban. Salí de la tina, allí estaban los arañazos otra vez, tome la tijerilla del estante y me recorte aún más las uñas; como un parpadeo percibo en el espejo ese gesto malévolo alterando mis facciones y en un arranque me corto con fiereza, tuve que curarme la herida con unas pequeñas vendas alrededor de ellas.   
¿Qué estaba ocurriendo conmigo?, ¿qué significaba todo eso?, ¿acaso todo esto del papel me estaba llevando al límite de la cordura? No lo sé, lo único que me importaba era ejecutar a la perfección al cisne negro… Thomas no cree que lo logre, yo le voy a demostrar que puedo hacerlo.
Por qué no puedo dejarme atrapar por ese lado oscuro, que Odile se apodere por unos instantes de mi. Leroy me hace ejecutarlo una y otra vez, esta siendo más duro que de costumbre… ¡ya no puedo más!
-         ¿Hay algo que corregir?- le pregunto agotada.
-         Dicen que te exijo demasiado, que debo ser más blando contigo. Quizá te venga bien un descanso. ¿Qué tal un mes?
-         Ella no debió decir nada, además no fue eso lo que dije, yo no me queje – se da la vuelta y me deja desolada… Oh, Lily, vas a responderme por esto, confié en ti.
La busco en el camerino general, pocas veces me había sentido tan enojada con alguien. Me enfrenta con ese cinismo que parece su sello; me dice que me veía muy presionada, que solo quería ayudarme. No le creo, no le creo en absoluto.
De vuelta en casa, estoy sentada sobre el suelo con mamá frente a mí. Estamos preparando las zapatillas, mañana es el gran día. Erica esta atormentadote de nuevo. Qué si Thomas ha intentado algo conmigo, que le preocupa que haga alguna tontería y tenga que dejarlo todo. Nunca dejara de echarme en cara todo lo que tuvo que "abandonar" para tenerme… ¿y qué dices de mi madre?, me has absorbido la vida desde que recuerdo, ¿es qué ya no pague lo suficiente mi deuda contigo? Me pregunta por los rasguños en la espalda, le digo que ya estoy bien, pero insiste en verlos, por primera vez sale de mis labios una palabra desconocida para ella… ¡No! Alguien llama a la puerta y rompe la tensión.
-         ¿Quién era? – le pregunto –   Nadie – me responde.
Por un momento le creo, muy pocas personas nos visitan, pero escucho un murmullo del otro lado; me pongo de pie de inmediato, casi la empujo para alcanzar la puerta, alcanzo a ver a Lily en la puerta del elevador. Trato de conversar con ella, pero Erica no me deja en paz, sigue insistiendo en que debo cenar y dormir temprano, mañana es un día importante.
¡Estoy harta de la disciplina, estoy harta de las reglas!, de ser “la niña buena de mamá”, tomo mi abrigo y me voy con Lily, me ha dicho que quiere invitarme a cenar para compensarme de su indiscreción.
Esta chica me sorprende con su desparpajo, debo confesar que su vulgaridad me incomoda. Es muy intuitiva, me dice que estoy muy tensa, saca una delgada cigarrera plateada y de ella dos pequeñas capsulas


-         ¿De veras nunca las has probado?, solo dura un par de horas – me dice, pero no quiero nada, no ahora.
No más prendas rosa, me pongo un malla negra y regreso a buscar a mi compañera, está con dos muchachos, la veo echando el contenido de una de las capsulas en su bebida, pero cuando me ve, me la ofrece.
-         ¿Un par de horas? – le digo, aún dudando de tomar o no el vaso.
-         Solo dos horas – me asegura ella.
El resto es un remolino del que apenas recuerdo algo. Las luces rojas parpadeando, los cuerpos sudorosos moviéndose a mi alrededor y luego bailando con Tom o Andrew, que mas daba, haciendo el amor desenfrenadamente; apenas reacciono un poco y estoy en el cuarto de baño con un tipo al que nunca he visto en mi vida, me lo saco de encima como puedo y corro a la calle. Lo que fuera que me haya dado Lily es endiabladamente genial. Las dos yacemos en la parte de atrás de un taxi, mi cuerpo y mi mente aún parecen marchar por caminos separados; pero no lo suficiente para no advertir la delgada mano de Lily avanzando traviesa hacía mi pierna , para luego perderse entre ellas con una suave presión. La aparto suavemente.
Llego a casa a hurtadillas, intentando en vano no hacer ruido, pero estamos muy  borrachas y reímos como dos tontas. Mi madre aparece repentinamente, como surgida de una pesadilla.
-         ¿Dónde has estado?
-         Creo que en la luna – le respondo sin dejar de reír.
-         Nina, ¿qué has estado haciendo además de beber?
-         ¿De veras quieres saber? – y el deseo de atormentarla late con fuerza en mi sienes y se derrama en mis palabras – estuve, con Tom, y luego con Andrew…
Veo su mano avanzar y no alcanzo a esquivar del todo una bofetada. Tomo a mi compañera del brazo y juntas corremos a mi habitación, aseguro la puerta con el pedazo de madera, ella intenta alcanzarme pero no lo logra, la escucho gritar tras la puerta, pero no me interesa.
-         ¿Qué te sucede Nina?, ¿dónde está mi niña?  me repite angustiada.
-          ¡Ella se fue!  grito sin reconocer mi propia voz. Esta vez no vas a entrar Rebeca, esta vez no.
Estamos a unos pasos de distancia, un deseo extraño, poderoso, casi animal se apodera de mí. Lily me mira provocadora, cedo a mis impulsos, y nos besamos apasionadas, las ropas nos estorban, literalmente nos las arrancamos. Ella se hunde en mi intimidad, y me arrastra en este remolino. No recuerdo haber experimentado antes algo así; el corazón me late desbocado, mis músculos se tensan y no puedo acallar mis gritos. Se detiene un momento para observarme… ¡Veo mi propio rostro!, trato de apartarme, pero de nuevo es Lily, me besa con dulzura, y desciende suavemente. La sensación de placer es tan fuerte que me parece estar fuera de todo lo que tiene sentido; de nuevo me veo a mí misma, y esta vez con una almohada entre las manos, como queriendo asfixiarme… luego todo desparece…
Despierto, miro el reloj, hace mucho que debería estar en la compañía. Me visto a toda prisa. Mi madre esta sentada, siempre de negro, en ocasiones me parece que se difuminara en la oscuridad. No me dice una sola palabra.
Cuando llego, veo algo que me deja abrumada, Lily esta frente a todos ensayando ¡mi escena!, ¡mi cisne negro!, todos aplauden cuando termina. Veo el rostro de aprobación de Leroy. Me alisto para hacer mi acto, sigo sin convencerlo, capto una fugaz mirada entre ellos. Al terminar ella se acerca como si nada, me pide que no hable de más.
-         Tú echaste algo a mi bebida – le digo reprimiendo mi rabia.
-         Si – me responde sin una sombra de culpa.
-         Dijiste que solo duraría unas horas, luego te fuiste en la mañana, dormiste conmigo – empieza a burlarse de lo que le digo. Me mira como si estuviera hablando cosas sin sentido.
Nos están midiendo para hacer los arreglos a los trajes, de pronto aparece Lily… ¿por qué está ella aquí? Mientras la escucho hablar con la costurera, me observo al espejo… allí estoy, es como si me hubiera desdoblado, lo que observo no es la realidad, en su reflejo me veo rasguñandome. No, esto es una pesadilla absurda. 
Increpo a Lil, me dice que Thomas la ha nombrado mi suplente… eso no puede ser cierto… ¡no ella!, ¡no ella por Dios! Corro en busca de Leroy, él no puede hacerme esto. Me dice que no me preocupe, que solo tengo que dar lo mejor de mi y no tendré que preocuparme por nada, además es normal que siempre se cuente con una suplente.
Todos se han marchado, pero yo continuo practicando, debo ser perfecta. Me parece estar rozando con los dedos ese lado sombrio, cada vez me siento más cerca de Odile. De pronto el pianista se detiene, me dice que esta cansado, que continuaremos mañana. ¡Mañana, no existe mañana para mi!, si no lo logro, mi oportunidad se habrá ido para siempre. Otra vez se repite ese fenómeno del espejo, es como si una parte de mi estuviera del otro lado; una parte perversa, lujuriosa, terrible. Las luces se apagan repentinamente. Mi miedo se convierte en pánico, grito que aún estoy allí, pero nadie parece escucharme, veo una sombra atravesar fugaz, la sigo. No puede ser; son Lily y Thomas revolcándose, ella me mira con una sonrisa de triunfo.
Estoy tan turbada, me dirijo a toda prisa a mi camerino, el que antes era de Beth, tomo las pequeñas cosas que le había robado y me dirijo al hospital. Ella está sentada en una silla de ruedas; doblada, ajada, como una vieja muñeca. Me acerco en silencio y una a una voy depositando sus cosas; sus aretes, un adorno plateado, un perfume, su labial y finalmente una delgada lima de uñas, la creía dormida, pero de pronto reacciona y toma mi muñeca con fuerza.
-         ¿Que haces aquí? – su mirada es amarga y triste  ¿me robaste?
-         Yo quería ser perfecta como tú – toma la delgada hoja en una de sus manos.
-         Yo no soy perfecta, ¡yo no soy nada, nada!, ¡nada! – aterrada la veo tomar la hoja y hundírsela en el rostro, trato de arrancársela de las manos. Su rostro se convierte en el mío. Estoy volviendo loca… ¡Oh Dios, estoy perdiendo la razón!
Llego al ascensor, mis manos están cubiertas de sangre, ¿soy yo quién ha lastimado a Beth?, no lo sé, no lo sé.
Al llegar a casa  me limpio las manos en el lavabo de la cocina como un criminal que borra sus huellas… en un hueco oscuro me parece ver a Beth de pie mirándome desafiante. Escucho unos gritos, busco a mi madre, pero no la hallo, entro a su habitación. Las figuras que suele pintar parecen haber cobrado vida, se mueven dentro de las hojas lanzando alaridos plagados de angustia, me cubro los oídos y lanzo un grito de horror. En el pasillo me espera Beth, pero cuando se acerca no es ella, es mi madre, trata de detenerme, pero yo la empujo y corro a mi habitación. Algo esta sucediendo en mí, algo que no alcanzo a explicar, algo lóbrego y devastador está apoderándose de mí. Siento que esto podría destruirme, pero ya no hay punto de retorno.
En qué me he transformado, casi he fracturado la mano de Erica para evitar que entre a mi dormitorio. Oh, el dolor en mi espalda es cada vez más agudo, me descubro. Me miro al espejo, el blanco de mis ojos ha adquirido una tonalidad roja, mi piel está cubierta por unos puntos negros que empiezan a emerger, cuando crecen lo suficiente, arranco uno de ellos… ¡es una pluma negra! Mis rodillas se curvan en un ángulo inverosímil.  No puedo mantener el equilibrio…no recuerdo nada más.





Cuando despierto está mi madre a mi lado acariciando mi frente, me miro las manos, tengo unas medias rosa a manera de mitones.
-         Te estuviste arañando toda la noche – me dice  – Eso no me interesa, busco el reloj por todos lados.
-         ¿Dónde esta mi reloj? – le pregunto furiosa mientras arrojo los cobertores a un lado.
-         Ya llame a la compañía, les dije que no te sentías bien – su respuesta me enfurece aún más, mis ojos van hacía la puerta.
-   ¿Dónde has escondido la perilla?, ¡Déjame abrir la puerta, hoy es mi presentación! – le grito, mientras busco con la mirada por toda la habitación; al fin la encuentro, está sentada sobre esta, no me interesa nada, nada, le retuerzo la mano lastimada hasta que se ve obligada a levantarse, la tomo e intento abrir la puerta. Ella se aferra a uno de mis pies, pero consigo deshacerme de su agarre.
-         ¡No estas bien Nina, esto te está destruyendo, no puedes con esto! – me grita sollozando.
-         Eres tú la que no pudiste, yo soy “La reina Cisne”
Atravieso los pasillos a toda prisa, las miradas caen una tras otra sobre mí hasta que llego a mi camerino. Lily esta junto a Thomas, luce enojada. “No me esperabas maldita zorra, ¿verdad que no?” Leroy entra conmigo.

-         Me dijeron que estabas enferma
-         Estoy aquí, yo haré el papel – le respondo mientras comienzo a maquillarme, el color blanco cubre poco a poco mi rostro.
-         Ya le dije a Lily que lo hiciera – me responde incómodo.
-        ¿Ya la anunciaste?, yo lo haré ¿o acaso quieres otra discusión? – veo dibujarse una sonrisa sutil en su rostro, no esperaba esa respuesta de la dulce Nina.
El teatro está repleto, mi primer acto es magnifico. De pronto veo a Lily deslizando su mano por la entrepierna del muchacho que representa a mi amado príncipe en la obra. “Me traicionas en la realidad y en la ficción, Lily, eres perversa y sucia”.
Estoy completamente desconcentrada, vuelvo a escena, mientras David me sostiene en alto no acierto a continuar, el muchacho termina cediendo a mi peso y me deja caer. ¡Esto es el fin!, ¡El fin!... a pesar de todo continuo, mientras las lágrimas me inundan las mejillas. Trato de excusarme con Thomas, pero esta demasiado enfadado. Debo cambiarme para hacer el papel de cisne negro, regreso a mi camerino. Lily está allí sentada frente al espejo terminándose de maquillar con el vestido negro ya puesto.
-         Que comienzo tan humillante, es mejor que lo haga por ti, ahora es mi turno.
La lanzo contra el espejo, y cae al suelo, seguimos luchando, ella me toma del cuello…me esta sofocando, de pronto este parece alargarse como el de un cisne. Tomo un trozo de cristal y se lo hundo en el estómago.
-         ¡Es mi turno, mi turno! – le grito, la sangre mana de su boca. Despierto como de una pesadilla, recién soy conciente de lo que acabo de hacer, pero no hay tiempo, acaban de hacer la primera llamada. Tomo a Lily por los pies y la arrastro hasta el baño. Debo darme prisa.
Estoy en el escenario, siento la música recorrer mis entrañas, es como alcanzar el éxtasis, ya no soy Nina, soy Odile, y estoy para seducir a mi príncipe. Poco a poco mis hombros, mi cuerpo se va cubriendo de negras plumas; al final dos inmensas alas, oscuras y hermosas ocupan el lugar que antes eran mis brazos y manos. ¡Es un éxito!, el público me aplaude de pie. Vuelvo al escenario para interpretar el resto de mi papel. Corro hacía Thomas y lo beso apasionada. He logrado lo que tanto ansiaba, he encontrado mi lado oscuro.




Regreso al camerino, tengo miedo de encontrarme con el cadáver de Lily, pronto alguien lo descubrirá y qué será de mi entonces. Empiezo a cambiarme para interpretar nuevamente al cisne blanco, este es el final de la obra y el principio de mi gloria. Miro la toalla que debería estar empapada en sangre, pero esta limpia, ni una gota empaña su inmaculado tono rosa. Abro la puerta del baño… ¡No hay nadie allí, nadie! Alguien llama…retrocedo espantada, es Lily… apenas puedo entender lo que me dice, ella no puede estar viva… ¡No puede!
Mis ojos bajan lentamente hasta mi estomago, una gran mancha de sangre se va extendiendo sobre mi blanco traje, con los dedos extraigo un pedazo de vidrio. Yo misma he acabado con la inocente y virginal Odette, yo soy su asesina. No puedo dejar de llorar, pero el maquillaje se lleva mis lágrimas como cada minuto que me queda de vida.
Salgo al escenario, es el acto final. Sigfrido a jurado su amor a la mujer equivocada, y Odette esta condenada al hechizo para siempre, desesperada solo piensa en terminar con su vida.
Pero antes de lanzarme al vacío, miro al príncipe, al hechicero, al público…todo el público es mi madre.  Yazco sobre mi espalda, a lo lejos como en un sueño escucho los aplausos y los vítores. Siento la sangre tibia abandonado mi cuerpo. Veo el rostro de Thomas inclinado sobre mí.
-         ¿Escuchas Nina, son para ti?, ¡sabía que tenías el don! – Lily se da cuenta de la sangre que ahora es ya un charco, Leroy pide ayuda - ¿Qué hiciste, qué hiciste? – me grita desesperado.
-         Solo quería ser perfecta. He sido perfecta.





Banda Sonora: Clint Mansell

10 marzo, 2011

El diario de Nina Sayers III



12 de noviembre de 2009

Erica había comprado un delicioso pastel rosa, con una bailarina en el centro para celebrar la ocasión, cortó un trozo y me lo ofreció sonriente. No quería lastimarla, pero era imposible comerme todo eso. A punto de restringirme la comida, mi estomago se había reducido al tamaño de una nuez. La vi abrir el bote de basura para arrojar en este el hermoso pastel, así que acepte dar una lamida a la crema que tenía en su dedo y comer un pedazo pequeño.
Hoy debo asistir a mi gran presentación, Thomas dice que debo estar lista para los lobos. Me he puesto un vestido largo y blanco, con algunos toques plateados en el corsé, es muy hermoso, mamá me acompaño a elegirlo. Mi peinado es un moño sencillo y mi maquillaje ligeramente recargado, a mi se me antoja que voy muy maquillada, debe ser por la costumbre de prescindir completamente de el. Leroy me da una copa y me toma la mano libre para subir por una gran escalera, el lugar está repleto de gente envuelta en elegantes vestidos y caros trajes. Me siento tan fuera de lugar, yo no pertenezco a este círculo de personas adineradas, ¿hasta qué punto amarán realmente la danza? me pregunto, o solo es otro “evento social ineludible”. Thomas me pide que sonría porque habrá muchas fotos y luego lo observó dirigirse al público. Se refiere a Beth y al último papel que representará, de pronto ella se aleja en mitad del discurso evidentemente trastornada. Luego me presenta como su sucesora… me siento realmente mal por ella. Dios, uno de mis dedos esta sangrando ligeramente, que extraño, no recuerdo haberme lastimado, me distraigo un poco con esto, pero Thomas me vuelve a la realidad están brindando por mi, vaya, no veo los destellos de las cámaras por ningún lado; solo escucho una risa y al fijar mi vista en quien la emite, allí esta de nuevo la misteriosa joven, parece tan desinhibida.
Mi dedo sigue sangrando, me encierro en el baño, una delgada tira de piel cuelga de una mis uñas, me miro al espejo y por un segundo me parece ver un gesto malvado en mi rostro. Alguien me apresura tocando la puerta, sin darme cuenta he tirado de la piel y ahora una parte de mi dedo esta en carne viva. Vuelven a insistir llamando a la puerta; agobiada vuelvo a observarlo bajo el chorro de agua… ¡no hay herida alguna!, ¿qué me sucede?, debe ser la presión del momento, sí, sí, es la presión. Me apresuro a abrir, es la desconocida, se presenta conmigo, me dice que se llama Lily. Lo que hace después me desconcierta, se despoja sin más de su ropa interior y la guarda en su bolso con un suspiro de alivio; se sienta sobre el lavabo y me pide que le haga compañía un rato, le sonrió y salgo de inmediato de la habitación, no sé qué de inquietante hay en ella.
Esta no era una buena noche, ni terminaría siéndolo tampoco. Estaba distraída, concentrada en una de las estatuas cuando Beth se acerco a mi, lucía terrible, sus ojos parecían dos cuencas oscuras por el maquillaje arruinado, además estaba completamente ebria. Iba a descargar toda su ira de un solo golpe.
-         Me había dicho que eras tan virginal. ¿Qué hiciste para obtener el papel?, ¿se lo chupaste?, solo eres una pequeña puta. - Retrocedí amedrentada, aquella furia, aquella vulgaridad eran espantosas de ver y escuchar.
-         ¿Es necesario todo esto? – le dije casi entre lágrimas.
Por suerte llego Thomas a rescatarme, se llevo a Beth a un costado, tratando de consolarla, llamándola su “pequeña princesa”, luego se dirigió hacia mi y me tomo del brazo, todavía podía escuchar sus gritos: “Disfrútalo Nina, disfrútalo mientas puedas”, esas palabras parecían una sentencia.
Leroy me sugirió que fuéramos a su apartamento y yo acepte. ¿Por qué estaba aceptando la invitación de “el director”?, ¿por qué estaba haciendo algo que sabía estaba mal?, cualquiera que nos hubiera visto juntos pensaría con razón que fue así como obtuve el papel. ¿Qué estaba haciendo?
Apenas llegamos se encargo de aclarar las cosas, no podía haber nada entre nosotros, yo asentí aliviada. Sin embargo empezó a hacerme preguntas íntimas, no entendía a qué venía todo aquello. Qué si tenía novio, qué si habían sido muchos, incluso quería saber si era virgen. Respondí incómoda a todas sus preguntas, luego me lanzo algo que hizo que la respiración se me entrecortara, me sugirió que fuera a casa y me masturbara, ¿aquel hombre realmente me estaba pidiendo que hiciera eso? Luego me dijo que el portero me acompañaría y se volvió como si yo ya no formara parte del espacio en que se movía. ¿Erica, por qué no puedes dormirte sin esperar por mi, por qué no lo haces alguna vez? Se levanto apenas me escucho llegar, y como siempre, pese a mis negativas, me ayudo a desvestir. Los arañazos en mi espalda le inundaron los ojos, me halo del brazo hasta el baño para recortarme las uñas. Estaba casi desnuda frente a mi madre tratando de cubrirme a duras penas mientras ella tiraba de mi mano con la pequeña tijera en la suya.
Llego el día, que bien me sentía entre los tibios cobertores, entonces vino a mi mente aquello que me había dicho Thomas, ya no recordaba cuándo fue la última vez que estuve con un chico, menos aún el tiempo que había pasado desde que me brinde algo de placer a mi misma. Sentía deseos de hacerlo, quería hacerlo; mi mano descendió suavemente desde mis pechos hasta mi cintura para perderse dentro de mi ropa interior y luego mis dedos buscaron ansiosos ese lugar, ese punto que podía hacerme vibrar. Me revolví buscando la postura correcta, un ligero temblor se desplegaba por todo el cuerpo, mi respiración se agitaba y empezaba a gemir suavemente; de pronto mire a un lado, ¡mi madre estaba allí!, se había quedado dormida sobre un sillón, me cubrí avergonzada, unos instantes más, solo unos instantes más y me hubiera sorprendido.
Me lance a toda prisa rumbo a la estación, el estreno sería pronto y tenía que practicar. Lily ya estaba allí riendo y danzando despreocupada, coqueteando con los muchachos; los cabellos sueltos, agitándose a cada giro. Se me antojaba como una ninfa extraviada de algún bosque sin nombre. El director se puso a mi lado, él también la observaba.
-         Mírala, solo se deja llevar, sin reglas, ella no finge – sus palabras resonaron en mis oídos, sentía como si me hubiera abofeteado.
Empecé con los ensayos, de pronto todo se interrumpió, una espantosa noticia se esparció por todos lados, Beth había tenido un accidente, estaba internada en el hospital y al parecer bastante mal. Necesitaba respirar, tome mi abrigo y salí a la calle, me senté al borde de una fuente y rompí a llorar, yo tenía la culpa de todo eso, era yo quien le había arrebatado el papel. No me di cuenta en qué momento Thomas llego a mi lado, me levanto el rostro y lo tomo entre sus manos.
-         ¿Qué sucedió? – le pregunte angustiada.
-         Estaba caminando por la calle y un auto la atropello, quiero que entiendas que esto no es tú culpa, no debes permitir que nada te desconcentre. No me extrañaría que lo hubiera hecho a propósito. Además Beth siempre tuvo un lado oscuro. Ese lado que no queremos ver y que a veces puede destruirnos.
Pero eso no era suficiente para mí, compre unas flores y fui a visitarla al hospital. Estaba tan demacrada y pálida, cubierta por una delgada sábana; levante un poco el borde y pude ver sobre su pierna derecha una especie de armazón metálico, aquello me horrorizo, sin embargo, seguí descubriéndola, su pantorrilla estaba cubierta de espantosas cicatrices. Retrocedí intentando ahogar un grito, me tope con una enfermera, no me detuve a darle explicaciones, solo corría, ella jamás volvería a bailar, jamás.
Volví a dormir mal, las cicatrices de Elizabeth me atormentaban. Me desperté muy cansada, tome una ducha y saque la basura, mis ojos se toparon con unas maderas que alguien había abandonado, cogí una de ellas y me la lleve a mi habitación… calzaba perfectamente. Al fin tendré algo de intimidad, ella no podrá abrir la puerta cuando le venga en gana, ahora podía detenerla. 




“Madre, yo te amo, pero puedes ser desesperante, ¿no te das cuenta que tu amor me asfixia?”

09 marzo, 2011

El diario de Nina Sayers II



11 de noviembre de 2009

Tomo de prisa el metro para llegar a los ensayos, hoy se harán las últimas pruebas para saber  quién será la elegida. Una mujer sube en una de las estaciones, parece un poco desorientada, es joven y atractiva, no sé porque ha llamado mi atención. De pronto la veo descender a toda prisa. Para mi sorpresa, mientras nos cambiamos aparece ella, sudorosa y con una sonrisa nos pregunta si es allí la audición, yo asiento con la cabeza. Hay algo que me entristece a pesar de que está puede ser mi oportunidad, Elizabeth Mactyre la,“prima ballerina” de la Compañía durante muchos años será reemplazada, y a nadie parece importarle; Beth sigue siendo hermosa y talentosa, pero ya es algo mayor.
Empiezan los ensayos, todos vestimos de manera despreocupada hasta que de pronto llega Leroy, la maestra da unas palmadas y todos de inmediato nos arreglamos debidamente. Yo admiro y respeto a Thomas Leroy, es uno de los mejores coreógrafos del país; pero es implacable, la perfección es su meta, el no se va a detener a darte palmadas en la espalda ni a decirte palabras consoladoras; si tienes que dejar sudor y sangre en el salón de prácticas… pues debes hacerlo.
Nos mira ensayar y va tocando a algunas de las chicas, luego les dice que estén listas para las prácticas de mañana, las otras tienen la posibilidad de optar para el gran papel, Leroy no me ha tocado… no me ha tocado.
Thomas nos pide que bailemos para él, me deslizo por la sala, mientras interpreto a Odette, luego me pide que interprete el cisne negro; pongo todo mi esfuerzo… noto su gesto de desaprobación. Me hace repetirlo una y otra vez, hasta que el sonido de la puerta me desconcentra, es la chica desconocida.
-         Si solo se tratara de interpretar el cisne blanco el papel sería tuyo – me dice casi en un susurro.
-        ¿ Lo hago de nuevo? – le pregunto angustiada, temiendo que el sueño de ser la “Reina Cisne”, acabe por hacerse añicos.
-         No, es suficiente – y se vuelve a otra de las chicas.
Estoy desolada, solo quiero huir de allí, salgo a toda prisa y en uno de los pasillos que llevan a la estación se cruza conmigo una chica vestida completamente de negro, cuando nos cruzamos ella me observa unos segundos… mis ojos y mis labios se abren entre asombrados y aterrados, soy yo misma, ese es mi rostro, Dios mío, soy yo.
Llego a casa, lo único que deseo es refugiarme en los brazos de mi madre, ella me consolará, siempre me dice que soy “su niña”.
Otro día, anoche no he podido casi dormir y los arañazos en mi espalda han aumentado, me visto rápido, no quiero que mi madre los vea y empiece a acosarme con preguntas.
Todas las chicas están alborotadas, hoy se publicará la lista de los bailarines que abrirán la temporada y encabezandola estará el nombre de la que tendrá el honor de ser la “Reina Cisne”. Yo solo permanezco sentada en un rincón, moviendo mis brazos en armonía a la música que llena mi cabeza. Pero de pronto, me veo interrumpida por el ruido de cosas rompiéndose, finalmente el sonido vibrante y sonoro de un espejo roto. Me acerco temerosa, Beth, pobre Beth, me mira furiosa y pasa a mi lado. Siento una curiosidad morbosa por entrar en su camerino, el camerino de la “gran estrella”; es un desastre, pero sobre el tocador hay un lápiz de labios, casi sin pensarlo lo tomo y lo pongo en mi bolso, no sé qué extraña fuerza me impulsa a hacer esa tontería.
Debo hablar con Thomas, debo decirle que soy capaz de hacer el cisne negro. Suelto mi cabello y me pongo un poco del labial de Mactyre. El sabe por qué estoy allí, me vuelve a echar en cara que no todo es técnica, me dice que ya le dio el papel a Rebecca; solo me doy la vuelta tratando de ocultar mis lágrimas, pero con la mano cierra la puerta.
-         ¿No vas a decir nada?-  me increpa - decir, qué puedo decirle si ya tomo una decisión.
Está demasiado cerca de mí puedo sentir su aliento cálido en mi cuello, entonces siento sus labios pegarse a los míos, en un impulso lo muerdo con fuerza. Se separa de mi desconcertado, no puede creer que lo haya rechazado. Yo quiero el papel, lo quiero más que nada en este mundo, pero no es la cama de nadie donde pienso obtenerlo.
Al salir me topo con las chicas, al parecer ya se publico la lista y todas corren para ver quién es la afortunada, me cruzo con Rebecca y la felicito por su logro. No pasan unos segundos cuando la veo regresar furiosa y dirigirse hacía mi.
-         ¿Por qué me dijiste eso, era alguna broma?, sabes, púdrete.
De qué habla, corro a mirar la lista, allí esta mi nombre:

Queen Swan
Nina Sayers

No, no puede ser cierto, aún estoy aturdida mientras todos me felicitan. Debo llamar a mamá está noticia la pondrá tan feliz. Me encierro en unas de las cabinas del baño y la llamo llorando de felicidad.
- Mami, me dieron el papel, soy la “Reina Cisne”, la escucho reír y llorar del otro lado.
Es mi momento, y no voy a desaprovecharlo.

08 marzo, 2011

El diario de Nina Sayers



Basado en la película: "Black Swan"

Guión:                               Mark Heyman
                                           Andres Heinz
                                           John J. McLaughlin

10 de noviembre de 2009

Desde los seis años mi vida ha transcurrido entre mallas, tutues y zapatillas de baile. Mi madre me llevo a la Escuela de Ballet y poco a poco la danza fue llenando cada espacio de mi existencia, se convirtió en una pasión que inflamaba todo mi ser. Ella solía decirme: “Nina, Nina, no todo es dejarse llevar, la técnica es fundamental”, así fui dejando de lado ese sentimiento que me envolvía cuando sentía vibrar en mi cuerpo cada nota del piano y me concentre en ser la mejor. Olvide los juegos, las salidas con amigos, las locuras de la adolescencia y fui la niña dulce y perfecta que mi madre ansiaba. Le debía tanto, Erica abandono su carrera de bailarina cuando se embarazo de mi, lo dejo todo para poder cuidarme, por lo menos se merecía una buena hija.
A menudo, estoy confundida, no sé quién soy, me he dejado llevar tanto, que he perdido mi identidad. Solo sé que era la Nina que ella siempre ansió que fuera, creo que en el fondo anhelaba alcanzar a través de mi, todo aquello que no había logrado y la hacía sentirse frustrada. 
Siempre fui tímida, callada,  incapaz de defender mis convicciones, siempre aceptando lo que se me ordenaba sin discutir. Las alas plegadas y el cuello inclinado.
Este mundo suele ser feroz, ser la mejor significa horas y horas de entrenamiento; ser liviana y frágil como una pluma. No sé en que momento empecé a sentirme culpable por comer y cada vez que sentía que había comido en exceso me obligaba a vomitar. Estuve un tiempo en tratamiento, pero nunca pude superarlo del todo. Mi madre estaba pegada a mí todo el tiempo, cuidándome. Oh, yo sé que tenía las mejores intenciones, pero en ningún lado podía encontrar un respiro; en la Compañía, era la presión de Thomas, el director; la continúa soledad, las chicas eran muy desinhibidas, conversadoras y en ocasiones venenosas como serpientes, yo no encajaba entre ellas. En casa era mi madre, ayudándome a vestir, sirviéndome el desayuno, controlando mis horarios; cuándo salía y la hora en que debía estar de vuelta, parecía no aceptar que yo no tenía doce años, que era una mujer y necesitaba un poco de espacio. Y todos aquellos dibujos míos que pintaba en acuarela poniéndolos en las paredes de toda su habitación, a menudo todo eso me resultaba aterrador.
Unos extraños arañazos empezaron a aparecerme a un lado de la espalda, no entendía cómo habían llegado allí, después descubrí que yo me los hacía inconscientemente. Durante la noche me rasguñaba dormida hasta lastimarme.
 -  Es la presión mi niña, pero Leroy sabe lo mucho que te esfuerzas - ¿que puede importarle a Thomas cuánto me esfuerce? a él solo le interesa el éxito de la Compañía.
-Pronto elegirán al nuevo rostro de está temporada - le respondo.
Lograrás el protagónico, ya lo verás mi pequeña, pero aunque no fuera así, de todas maneras será un papel importante - me dice sonriente.
¿Importante?, siempre tengo que destacar, amo el ballet, pero en ocasiones siento que detesto todo lo rodea; todo aquello que solo es vanidad, soberbia, envidia, el tener que venderse si lo que quieres es llegar más rápido. Pero esa es una senda triste, sin talento solo permanecerás mientras dure tu belleza y esta es apenas un  soplo, un suspiro.
Leroy quiere abrir la temporada con “El lago de los cisnes”, pero con algunas variaciones en la coreografía, además desea… ¡esto me parece fascinante!, quiere que una misma bailarina interprete los dos papeles; el cisne blanco, dulce, puro, virginal y a la vez a su lujuriosa gemela Odile malvada y oscura, que usara todo el poder de su belleza y seducción para arrebatarle a Odette su gran amor y su salvación, el príncipe Sigfrido.
Yo quiero ser “La reina cisne”, es como Thomas llama a que ocupara el puesto interpretando a  Odette y Odile; sé que puedo hacerlo, tengo la mejor técnica que todo el resto del cuerpo… Yo puedo ser “La reina cisne”, si, si, yo puedo.

13 octubre, 2008

María se bebe la calles

Dedicada a cualquier María, en cualquier parte del mundo.

Cómo superar algunas cosas, cómo superar el dolor y la tristeza, esa que deja huellas en la piel y en el alma.

María, tuvo una madre que era el ejemplo de cualquier buena madre; el hogar brillando, siempre pulidos los suelos, las ventanas relucientes adornadas con cortinillas de encaje guardando el amor. Ana era la cocinera de las mejores tortas, y había que ver los rostros de María y sus hermanos para disputarse los restos de crema.Y siempre los blancos mandiles para la escuela, los cuadernos revisados. La camisa planchada para Antonio, la raya del pantalón perfecta, el portafolio a la mano. Y es que Antonio era su hombre, su vida, la sangre de su venas. Hasta que una tarde Antonio no volvió más, dicen que se largó con una rubia de dudosa reputación. Y Ana se quedo con los ojos ausentes, ya no hubo pasteles ni paseos por el parque, ni sonrisas. Ana seguía siendolo en cuerpo, pero su espíritu huyo tras su amado y los pequeños crecieron ansiando las caricias de una madre que ya había olvidado cómo entregar amor. A menudo se tumbaba en su amplio sillón en el salón oyendo sus tangos, soñando con días mejores, y entonces una sonrisa asomaba a sus labios. Un día soleado creyó tener alas y se lanzó por una ventana en busca de su amor
Antonio jamás volvió y con él arrastro el dolor de su madre y el odio de unos hijos olvidados que jamás entendieron el por qué de su partida.

María crecía, crecía como las flores; y soñaba con el primer beso que le daría su amado, y se estremecía al pensar en las primeras caricias. Ella pensaba que era la princesa de cabellos de oro y labios de fresa.
A quién contar sus cuitas de amor, sus primeras escapadas, su primer contacto con otros labios, las primeras promesas de amor; y un día sin apenas darse cuenta había perdido en un pliegue de la noche su inocencia. Y al amanecer el viento le decía que algo había cambiado en su cuerpo, ayer se durmió liviana, liviana como una plumita en el aire y hoy amanecía con una pesadez extraña. Buscó a su amado extendiendo su bracito de marfil, no había nada, ni siquiera la tibieza de un espacio recién abandonado.
Recogió su roja candidez del suelo, cubrió su desnudez y apenas empezó a darse cuenta de las paredes que la rodeaban, algo desconchadas por algunos sitios. Eran apenas cuatro habitaciones; una cocina pequeña, con algunos cacharros colgados de la pared, la cocina con sus hornillas cociendo los días; el baño desaseado, con algunas fotos de mujeres recortadas de revistas ajadas; la habitación en la que había despertado, con un tocador viejo y un gran espejo donde se reflejaba su figura esbelta, las ventanas eran altas y pequeñas, ya no podría mirar el sol y las estrellas y la luna como antes. Al final un patio terroso, con una lavandería, con algunos trapos colgados sacudidos por el aire.
María se preguntaba cómo llego allí, solo recordaba unos besos, mucha bebida en sus labios, y la sangre que ardía en sus venas y las ganas de perderse en sus fuertes brazos y quedarse pegada a sus labios que solo sabían a miel y cosas prohibidas. Por qué nadie le contó de todo aquello, de cómo el alma se va en un gemido, y las piernas se enlazan a un torso sudoroso, ansiando fundirse más a ese cuerpo que le roba la vida.
María pronto comprendió que aquel sería su mundo, la ternura se fue diluyendo junto con la sangre en el lavabo. Los pasos antes amados, ahora le aterraban, sabía que cualquier motivo sería bueno para abofetearla, o golpearla hasta dejarla tirada en el suelo sin apenas poder moverse. No le alegro el día que supo que el vientre estaba habitado por una vida que no debía venir, no en medio de ese dolor.
María recordaba la primera vez, que le juró que fue sin querer. Y ya eran tantas las veces. Tantos, los sueños que se le iban rompiendo golpe a golpe, abrazada al niño que nació prisionero del miedo.
Y la princesa de cabellos dorados, se sienta frente al espejo, y limpia su llanto, un poco de color para borrar los golpes y con el carmín en los labios, se le va la vida. Y esperando aquel beso, como la primera vez, se hace vieja ante el espejo.
Y es por las vecinas que oculta sus heridas y ahoga sus gritos, sus lágrimas, le teme a los golpes que pueden venir detrás de cualquier mirada o palabra. Y calla, encerrada entre cuatro paredes que le absorven la vida.
María, todo le perdona, los gritos, los golpes, las palabras que hieren más que las bofetadas. No sabe decir que no, él es su amo y señor, ella siempre le perdona a sus pies sobre la lona. Y él la toma cuando quiere, y ella solo mira al techo mientras arremete sus entrañas, dónde quedo la dulzura, dónde las palabras tiernas... qué viento aciago se llevo aquello que ella siempre pensaba: "Que el amor es un mandamiento de dos"
Su patria es su casa, su mundo la cocina y el mundo se le viene encima, que hastió cocer el guisado del mediodía, de fregar los platos, de fregar las ropas manchadas de otros amores. Que cansada de no alcanzar a ver el sol entre esas altas ventanas, cuya luz apenas veía como un abanico dorado o plateado sobre el viejo sillón; esa era la hora feliz de la princesa. Y olvidaba que se iba apagando como una vela en un rincón sin que nadie se diera cuenta. Podía amanecer muerta mañana y el mundo no se daría cuenta, nada cambiaría, nada se movería.
Un día María hizo un hatillo de sus pocas pertenencias, dejo abandonado su corazón en el sucio colchón y tomó a su pequeño, rubio como el sol.
María se fue una mañana,
María sin decir nada, sin mirar atrás, sin lágrimas, con una sonrisa olvidada tiñendo sus labios de fresa.
María ya no tiene miedo. María empieza de nuevo.
Y él quizá gritando: María yo te necesito, pero ella ya no tiene color en la sangre, la princesa de los cabellos de oro estaba ya lejos para oír sus ruegos.
María se bebe las calles,
María escapó de sus gritos.
María ya no tiene miedo.
María empieza de nuevo.



Maria se bebe las calles: Pasión Vega

07 octubre, 2008

Penelopé

Para mi querido amigo José a quien nunca he olvidado.

Su padre escribía las noticias, que no eran muchas ni variadas, en un periódico de pueblo, nada interesante, nada que se saliera de la rutina; su madre solía levantarse al alba para limpiar su pequeño trecho de vereda, preparar el desayuno y alistar a Penelopé para la escuela. Recordaba que su madre no hablaba mucho, solo lo necesario para cada ocasión.
Si había que ir a la reunión de uno de los vecinos siempre era la primera en ofrecer su ayuda, ya sea echando mano con las viandas o arreglando la casa; si alguien del barrio enfermaba, todos sabían que Elena estaría allí, con su pequeño botiquín, lista para aliviar los pequeños males. No era extraño que para los males del alma también acudiera a aliviarlos; en sus labios siempre había una palabra dulce, un consejo para reconfortar, una caricia para calentar los corazones fríos. Y a pesar de todo ello, siempre eran largos sus silencios, como si su vida solo fuera para los demás y la suya se le hubiera extraviado en algún recodo del tiempo. Caminaba silenciosa por la casa, siempre atareada, siempre con una labor en las manos, siempre fregando los trastos o el piso; Penelopé no recordaba haber tenido una conversación larga con su madre, siempre parecía inmersa en su mundo, un universo al que nadie tenía acceso, ni siquiera ella.
No era feliz, a pesar de sus pocos años Penelopé lo intuía, podía pasarse las tardes agitada yendo a mil lados, recorriendo las veredas polvorientas con sus zapatitos menudos; pero era como una forma de escapar de una vida que nunca quiso. Cuando estaba en casa parecía afixiarse, entonces abría las ventanas enormes de su habitación que daban al parque del pueblo y se quedaba mirando las estrellas, la luna, los sauces, o simplemente sintiendo el viento en su rostro que el tiempo no había querido estropear.
Entonces Penelopé se preguntaba qué recordaba su madre y cuando los años la fueran haciendo mujer, se fue convenciendo que su madre jamás amo a su padre y que cuando se quedaba apoyada en el recodo del ventanal añoraba algún amor perdido; pero nunca le hablo de nada, se llevo a la tumba su secreto.
En cambio su padre era un hombre enérgico, siempre pensando que el lugar de la mujer era su hogar. Nunca estuvo de acuerdo con lo que Elena hacía, siempre le pareció una pérdida de tiempo estar ayudando a tanto menesteroso que al final ni siquiera recordaba el bien hecho.
A menudo sorprendía a su padre observando a su madre, era una mirada dulce, tierna, pero también triste. Era como si supiera que existía un recuerdo que siempre dormiría entre ellos; el recuerdo de aquel hombre que Elena jamás olvido. Se casó con él porque estaba cansada de las recriminaciones de su padre, estaba cansada de oírle decir que Joaquín era el mejor partido y que si se tardaba mucho en decidirse se quedaría a "vestir santos". Y que importaba si así fuera, acaso no era eso mejor que casarse sin amor... pero al final Elena acabó cediendo y una mañana de noviembre, un día gris como su corazón termino casándose con el apuesto Joaquín. El día de la boda, solo ella sabía que tras su sonrisa se ocultaba el dolor más profundo, el deseo de morir. Morir por un amor que hizo de sus ilusiones trizas, que acabo con sus esperanzas de niña ingenua y le dejo un beso en los labios, una caricia en los cabellos y un hijo en el vientre.
Penelopé comprendía que para su padre, no debía ser fácil criar al hijo de otro; mirando como con el transcurso de los años se iba pareciendo más a su rival. La bella niña tenía los cabellos negros como la noche, y los ojos muy claros, tan verdes como las hojas de los árboles en una mañana de primavera.
Pocas veces había escuchado reír a su padre, casi siempre metido en su trabajo ideando las palabras que dejarán contentos a sus jefes, cosa que casi siempre lograba, y es que en el fondo su padre era una especie de poeta frustado. Penelopé sabía que la amaba, solía hablarle de sus viajes de joven, de sus aventuras cuando sirvió en un barco mercante, pero a pesar de las muchas anécdotas, que hacían a Penelopé retorcerse de la risa, él apena si esbozaba una sonrisa. A veces cruzaba por sus ojos como una nube, una tristeza indescriptible y entonces callaba, así, de repente. Entonces la niña sabía que era el momento de dejarlo en paz, en paz con sus silencios.
Penelopé creció en aquel ambiente entre el silencio y la tristeza. Soñadora por los poemas y las historias que su padre le contaba, generosa y gentil como su madre. Pobre pequeña "su padre era triste y su madre era callada y la alegría nadie se la supo enseñar" .
Cuando la buena Elena dejo este mundo fue un entierro de aquellos de los que se habla por mucho tiempo, todo el pueblo asistió, todos lloraron la muerte de aquella mujer que en tantas ocasiones había sido el consuelo y la mano bondadosa que lleno no solo las mesas vacías sino los corazones sin esperanzas. Su padre no lloraba, encabezaba el cortejo en silencio, los labios apretados, el paso firme; solo cuando todo hubo terminado, en la soledad de su habitación Penelopé lo escuchó sollozar, como si la vida se le fuera en cada lágrima. Atisbo por la abertura de la puerta, su padre apretaba contra su pecho un delantal ajado de Elena, abatido sobre el piso, como si el dolor fuera tan grande que lo le permitiera moverse, Penelopé quizó acercarse, pero su padre levantó su rostro arrasado en lágrimas y con un gesto de la cabeza le dijo que no. Y Penelopé vivió su dolor a solas, y aquello la marcó para siempre, hubiera ansiado el abrazo de su padre, refugiarse en sus brazos cálidos, unir sus lágrimas a las suyas, pero él le había negado aquel consuelo.
No fueron muchos los meses que Joaquín sobrevivió a su esposa, se fue apagando poco a poco, asomado a la ventana como tiempo atrás lo hiciera Elena. Y allí se quedaba olvidándose de dormir, de comer, tal parecía que solo se alimentaba de los recuerdos, y siempre apretando en su mano el delantal. Un día Penelopé lo encontró muerto sobre la cornisa de la ventana con una mano levantada, como si hubiera querido en sus últimos momentos alcanzar algo. Pero su rostro no mostraba agonía alguna, solo una sonrisa apacible se dibujaba en sus labios.
Cómo gira la rueda del destino inexorable, cómo todo puede cambiar sin apenas darnos cuenta. Penelopé ahora estaba sola. Había conseguido un puesto en el diario en el que trabajaba su padre, pronto se destaco por sus artículos sociales y de vez en vez por sus dulces poemas, en los que liberaba su alma de mujer. Su vida hubiera podido transcurrir tranquila, como una eterna primavera, sin fríos y angustiosos inviernos; sin agobiantes veranos, pero la rueda del destino de nuevo giraba hacía ella sin que nada pudiera detenerla.
Los domingos eran una fiesta, el tren llegaba cargado de pasajeros extranjeros que venían a conocer el pintoresco pueblo. Penelopé siempre se sentaba en su banco en el andén, con su mejor vestido y sus zapatos de tacón. Cuando corrían los calurosos días de verano meneaba su abanico, regalo de su madre; lo hacía con una gracia, que no pocos se quedaba extasiados a contemplar a la bella muchacha de ojos de hierba.
Y un día apareció el caminante que cambiaría sus años. Charles, venía de Inglaterra, estaba de vacaciones de sus estudios universitarios, había querido viajar solo, sus compañeros habían preferido las ciudades más turísticas, pero él no, amaba los pueblos pequeños llenos de historias, donde cualquier tarde se podía sentar en una banca del parque a escuchar a una anciana narrar los avatares del lugar, de los vecinos que eran la comidilla de todos o de la fiesta que se iba a celebrar una de esas tardes. En cierta forma le gustaba viajar solo, con una pequeña mochila, le gustaba viajar ligero. Siempre pensaba que cuando se recibiera de médico, viajaría por los pueblos más remotos, dónde nadie quisiera ir, donde la miseria y el dolor fuera la historia de cada día, por eso no quería echar raíces, no quería atarse a nadie. Ser parte de alguien es perder parte de uno mismo.
Pero Charles no contaba con la la belleza que atrapó sus ojos una tarde de primavera, una tarde en que el aroma del azahar perfumaba el viento. Sus ojos se cruzarón; los de ella teñidos de verde, los de él bañados de mar. Y el reloj se paro en ese instante, él sonrió y a ella se le subieron los colores al rostro y sus labios de rosa sonrieron como jamás lo habían hecho antes.
El avanzó hasta ella y en un perfecto español se presentó como todo un caballero, le hablo de sus estudios, de sus sueños, y sin saber cómo estaban caminando por el parque del pueblo rodeado de sauces y azahares, conversando como si la vida ya los hubiera unido en otro tiempo. Charles siempre tenía una broma a flor de labios y Penelopé reía como hacía mucho no lo hacía, y la vida reía con ella.
Y así los días pasaron y Penelopé enamorada con la fuerza de sus pocos años, solo existía para respirar el aire de su aliento, perdida en la calma azul de sus ojos. Sus brazos eran el refugio que siempre busco, el lugar donde siempre quiso anidar.
Ya no le importo los chismes de las viejas, Charles era su esposo, su amante, aunque no hubieran papeles inútiles de por medio. Y él le murmuraba palabras de amor sencillas y tiernas que echaron al vuelo por primera vez su corazón de niña, él sabía que su libertad se había quedado enredada en aquella negra cabellera, sabía que si alguna vez fue ave de paso, lo había olvidado para dormir en sus brazos. Si alguna vez hubo bondad y belleza en su corazón fue enredado en su cuello, en sus senos de palomas blancas, en su cintura estrecha, en sus rincones jamás explorados. El era el primero, el caminante de sus rutas escondidas. Nunca fue sabio en amores; siempre fueron besos, una cama, un rostro, un nombre que al siguiente día olvidaría.De sus labios aprendió el amor, esos amores de los que nadie ha escrito, porque no se pueden poner en palabras.
Pero un día Charles tuvo que marchar, su padre le reclamaba, le amenazaba con ir a buscarle y traerle por la fuerza. Y él no quería que nadie dañara a su frágil flor, conocía bien a su padre y sabía que no se detendría ante nada.
Y una tarde plomiza de abril cogió su mochila, sus besos, sus últimos abrazos, su inocencia y se marchó.

- Adios amor mío, no me llores volveré antes que de los sauces caigan las hojas. Piensa en mí, volveré yo por ti.

Pobre infeliz, se paro su reloj infantil, cuando su amante se marcho. Y la chiquilla ya no rió más y cada domingo se sentaba en el andén esperando a que su Charles volviera. Y al caer la tarde, con el último tren se marchaba a casa y se dormía con el perfume de su cuerpo que aún creía sentir en la vieja almohada, le parecía ver su silueta dibujada en la cama, entonces cerraba los ojos soñando, perdida en aquella mirada azul que una vez fue solo para ella.
Poco a poco la razón la fue abandonando, porque también la tristeza mata el alma, y el vacío se fue quedando prendido en sus pensamientos.
Penelopé, tristeza a fuerza de esperar, sus ojos de hierba se encendían cuando un tren silbaba a lo lejos; esperando que su amante bajara de uno de los vagones y la envolviera en sus brazos. Los pasajeros bajaban uno tras otro pasando delante de ella, les oye hablar, pero para Penelopé solo son muñecos.
Penelopé ya no es la belleza de antaño, su cabello de azabache ha perdido su brillo de estrella y unas hebras de plata se escurren en sus ondas; sus ojitos de hierba ya no relucen más; su rostro de porcelana, luce algunas arrugas que el tiempo y la pena han sabido dejar. Algunos sonríen, porque ella ignora el tiempo transcurrido y aún sueña que es la belleza del pueblo con su vestido de domingo, ya pasado de moda.
Dicen en el pueblo que el caminante volvió, y la encontró en su banco de pino de verde.

-Penelopé mi amante fiel, mi paz, deja ya de tejer sueños en tu mente, y mirame, soy tu amor, regresé.

Ella volvió sus ojos llenitos de ayer; el rostro de Charles también estaba ajado por el tiempo, sus ojos habían perdido su esplendor, sus labios estaban resecos, dónde estaba la frescura que apagaba su sed. Su cabello apenas si tenía destellos de aquel dorado.
Le miro mucho rato, buscando aquella imagen que un día la dejo esperando en el andén.

- Tú no eres quien yo espero

Sonrió, le acaricio levemente el brazo y se dio la vuelta. Y se quedó con el bolso de piel marrón y sus zapatitos de tacón sentada en la estación.

Inspirada en "Penelopé" de Joan Manuél Serrat

20 mayo, 2008

La aventura del sexto joven desaparecido 2da. entrega

Cuando nos apeamos del tren un coche nos aguardaba, nos vimos atravesando rápidamente el trecho que nos separaba de la enorme edificación que conformaba la universidad, albergando en sus entrañas miles de mentes que administrarían el futuro de la vieja Inglaterra. No pude dejar de sentir una cierta reverencia al contemplar el magnífico edificio.
Un mozo se acerco y nos abrió la portezuela con una reverencia, luego fuimos puesto en manos de otro sirviente que nos condujo al alojamiento del renombrado doctor. Aquel empleado parecía la personificación de la diligencia y la discreción, apenas un saludo había salido de sus labios, y luego silenciosamente nos llevo a través de salas y corredores, atravesamos un hermoso jardín hasta que finalmente nos dejo a las puertas de un pequeño y elegante chalet, paso nuestras tarjetas y pronto fuimos introducidos al estudio del brillante pensador.
El doctor era un hombre delgado, de patillas largas, mirada azul y dura. Iba impecablemente vestido, cuando entramos levanto la vista de unos papeles que tenía sobre el escritorio y con un ademán nos indicó que tomáramos asiento. Sus maneras era frías pero corteses.
- Señores, sé el asunto que vienen a tratar, y les digo que por desgracia, ninguna información puedo ofrecerles que les ayude a esclarecer la desaparición del joven Laurents. Debo comunicarles que me encuentro profundamente afectado con este penoso asunto. Este joven se destacaba particularmente del resto de los alumnos; despertaba simpatías en cualquiera que lo tratara. Oh, mister Holmes, nunca antes había ocurrido algo parecido durante el largo tiempo que llevo al frente de la universidad y este asunto puede afectar el prestigio de la misma.
- Seremos breves doctor, solo deseamos contar con su autorización para hacer algunas investigaciones al interior de la universidad, como es lógico; todo esto se hará con la mayor discreción, no es nuestro deseo armar ningún escándalo.


- Tienen entonces mi autorización, deseo que ese joven aparezca. Le ruego que ponga en juego todas las facultades de las que viene precedido y de con el paradero de Laurents.
- Cuente con ello, no solo por el bienestar del muchacho sino porque mi propio prestigio está en juego. Es un caso completamente nuevo para mí y debo confesarle que aquí se mueven aguas más profundas de lo que a simple vista parece.
- ¿Es que ya tiene alguna hipótesis ?
- Aquí mi buen amigo Watson, podrá decirle que siempre me muestro reacio a adelantar comentarios hasta que tengo todos los hilos en la mano. Pero, sí, aguas profundas y tenebrosas se mueven alrededor de este joven, y yo he de poner hasta mi último esfuerzo por librarlo de ellas.
- Me asustan sus palabras mister Holmes. ¿Acaso pueden verse amenazados otros de los estudiantes?, sí es así, por favor dígamelo, que yo pondré las medidas necesarias. Comprenderá usted que la seguridad de esos jóvenes esta bajo mi responsabilidad.
Las palabras del ilustre hombre estaban cargadas de emoción y de sincera preocupación, la dureza de sus ojos se había esfumado y en ellos solo se veía agazapado un profundo temor. Holmes se acerco hasta el hombre y colocó una de sus delgadas manos sobre el brazo del profesor, y sus grises ojos adquirieron una solemnidad que le había visto en muy pocas ocasiones.
- No tema mi estimado doctor, este el el último golpe que se descarga. Sus estudiantes están seguros.
El caballero estrechó la mano de mi compañero con una mezcla de respeto y gratitud; parecía imposible que aquel hombre afamado por su carácter huraño y severo, hubiera abandonado por completo sus costumbres. Y por un breve instante, esos segundos en que Holmes abandonaba al razonador y dejaba libre al hombre; su mirada se suavizo, y sus labios esbozaron una sonrisa de simpatía.
Aquel fue el breve dialogo que se produjo entre aquellos hombres y hasta el día de hoy, pese a los años transcurridos, aún recuerdo con emoción esa mañana de noviembre.
- Mi querido amigo, le recomiendo que se dedique a visitar los muchos lugares de interés que ofrece este lugar. Por ahora no le necesito, ya nos reuniremos al mediodía para merendar algo y luego marcharemos para visitar a Douglas, aunque sospecho que no seremos visitas de su agrado. Tengo ahora mucho material por investigar
Me quede pues libre por unas horas, qué podía hacer sino aprovecharlas visitando esta intrincada mezcla de arquitectura, torres y agujas que se elevan al cielo como queriendo demostrar el sentido que hay que dar al conocimiento y las ciencias. Aquello era un bullicio de estudiantes, recorriendo el lugar en busca de sus aulas y lugares de investigación. El primer lugar que atrajo mi atención fue la reconocida Bodleian Library, con su precioso techo artesonado; sus brillantes estantes repletos de libros y manuscritos auténticos, de siglos pasados; pulidas mesas y sillas para los lectores. Una parte de esta se encuentra en la Tower of the Five Orders llamada así porque está ornamentada en sentido ascendente, con columnas de cada uno de los cinco órdenes de la arquitectura clásica. Y a un lado del salón, enmarcado sobre un atril el siguiente juramento que cualquiera que desee acceder a un libro debe hacer:

Juro no sacar de la Biblioteca, ni marcar, modificar o dañar de modo alguno, ningún volumen, documento u otro objeto perteneciente a esta biblioteca o bajo su custodia, o dañarla bien sea por el fuego o la llama, y no fumaré en la Biblioteca, y prometo obedecer todas las normas de la Biblioteca.



Mi siguiente visita me llevó al hermosísimo jardín botánico de Kew, rodeado de árboles, flores y un césped suave y primorosamente cuidado, situado en el corazón mismo de la universidad. Finalmente llegue hasta los comedores del Christ Church, con su amplia escalera central, sus ventanas de arcos sobre los decorados de madera y sus largas mesas. El tiempo corre veloz y ya casi había olvidado a Holmes y el trágico motivo que nos había traído a Oxford, cuando sentí una mano sobre mi hombro, me volví sobresaltado y descubrí el rostro taciturno de Holmes.
- Ya veo querido amigo que usted a aprovechado el tiempo mejor que yo.
- Por su aspecto veo que no ha avanzado mucho en el caso.
- Por el contrario Watson, he hecho muchas averiguaciones, y creo que debemos visitar sin más dilación a ese tal Douglas. Pero hemos de ser cuidadosos, porque ese tipo hila fino, pero yo hilo más fino aún.
El lector debe recordar el caso de Charles Augustus Milverton, y como en aquella ocasión la vista de aquel hombre le inspiraba a mi compañero una profunda repulsión por la crueldad con la que chantajeaba a sus víctimas. En está ocasión pronunció el nombre de Godfrey Douglas como si le quemara los labios, su boca se había curvado en un gesto del más profundo desprecio. Sus puños apretados eran muestra de la emoción que lo embargaba.
- Debemos movernos rápido Wartson, he enviado un par de telegramas y sin duda ya Lestrade y sus hombres de Scotland Yard deben estar listos cuando lleguemos. Ojalá sigan mis instrucciones al pie de la letra o el pez se escapará de la red y eso sería terrible. Usted perdonará, pero no tenemos tiempo para meriendas, luego nos echaremos algo al estomágo en el comedor del tren. Ya revise el itinerario, en unos diez minutos sale uno para la City. De prisa Watson, de prisa, allí está el coche que nos trajo.
- Buen hombre, una libra si nos lleva a la estación en menos de diez minutos.
En un momento nos vimos corriendo para alcanzar el tren, se me hacía difícil seguir el paso rápido y elástico de mi compañero, pero me había contagiado su desasosiego, y yo corría tras él como podía.
Al cabo de unos minutos ya estábamos ubicados en nuestro compartimento. Mi amigo continuaba en silencio, pero la rigidez de su cuerpo y la fijeza de sus ojos, me hacían adivinar que algo muy grave ocupaba sus pensamientos.
- ¡Por vida mía Watson!, ¿no puede ir este armatoste más rápido?
- Pero, qué ocurre Holmes, desde que abordamos en tren no ha dicho una sola palabra.
- Ese joven Watson, ese joven está en un peligro mortal... y aún más. ¡Si no llegamos a tiempo no me lo perdonaré jamás!
- Deme alguna pista de lo que ocurre, sus palabras no me dicen nada.
- Debí haber relacionado los hechos con más rapidez, existía un patrón, pero lo hechos ocurrían en lugares sin relación alguna. ¿Qué nexo podía haber entre un caso ocurrido hace tres años en Amsterdam; y luego otro hace dos años en Viena; un tercero en Roma hace exactamente un año y medio; y otros dos ocurridos aquí en Londres, en un espacio entre un año y seis meses?
- ¿De qué habla Holmes, qué casos son esos?
- !Raptos Watson, raptos! Nunca fueron resueltos. No habría reparado en ellos, si no hubiera estado una y otra vez un hombre mezclado en ellos, de forma muy sutil, tan sutil, que si no fuera por el infortunado Albert, jamás hubiera podido establecer el vínculo que unía las desapariciones. Siempre se deslizaba el nombre de alguna dama, como para desviar la atención, en todo caso podía atribuirse el alejamiento del joven a una fuga de tipo amoroso. Solo que cada vez que se mencionaba al entorno del joven, se hablaba de un hombre muy agradable... podía ser Marcelo o Vincent, o Godfrey pero las características físicas eran siempre las mismas.
- ¡Por Dios! ¡Douglas!
- ¡Exacto!, Douglas. Se relacionaba con los jóvenes, los atraía con su cautivante personalidad... todos eran muchachos hermosos Watson. Unos meses de amistad y luego desaparecían sin dejar rastro. Por supuesto él se dejaba ver por un tiempo, para desaparecer después, sin que nadie sospechara.No hace falta tener una mente muy lúcida para imaginarse con que propósito mantenía a los jóvenes cautivos. Y luego tenía que callarlos, no podía dejarlos libres para que luego lo acusaran frente a un tribunal de sodomía. Las cartas que tan oportunamente conservó mister Laurents, y que he encontrado muy bien escondidas entre las pertenecias que guarda en la universidad, serán las pruebas concluyentes para enviarlo a la horca.
Cuando alcanzamos la estación del tren, Holmes salto fuera con agilidad y rápidamente cogimos un coche de alquiler.
- Pronto llegaremos Watson, que todas las fuerzas del Bien y la Justicia nos acompañen para salvar a ese muchacho no solo del daño físico sino del moral. Esta vez Douglas ha cometido un error y lo sabe. Antes fueron estudiantes extranjeros o de pueblos lejanos, jóvenes que nadie echaría en falta por mucho tiempo; pero esta vez sus ojos se pusieron en alguien conocido y con un padre que iba a mover cielo y tierra para hallar a su hijo. Dudo que haya podido tocar al joven, debe estar planeando deshacerse de él y huir.
Mientras hablabamos el coche corría a todo lo que daban los caballos a Regent Street, pronto nos apeamos en el 391; era una casa elegante que no se destacaba de las otras que ocupaban la populosa calle. Un hombre se acerco a nosotros, reconocí al inspector Lestrade.
- La casa está rodeada, los hombres están lo suficientemente lejos para no ser vistos pero no tanto como para actuar si las cosas se ponen negras.
- ¿Ha visto algún movimiento en la casa, alguien ha salido o entrado?
- Nada se ha movido allí.
- ¡Ahora Lestrade, que sus hombres cierren todas las salidas, usted, Watson y yo iremos por delante! ¡Vamos, las pistolas listas!
Un par de fuertes policías echaron la puerta abajo, todos nos metimos dentro como una tromba. Todo estaba en silencio, los guardias subieron al segundo piso, para volver al poco rato. Nada, no había rastro del infortunado muchacho ni de su carcelero.
Cómo podría describir la decepción de mi amigo, se dejo caer más que sentarse en uno de los sillones y se cubrió el rostro. De pronto su mirada se fijo en algo que parecía ser visible solo para él. Entonces, todos reparamos en la alfombra, entremezclado con los dibujos de la misma habían rastros de sangre, el rostro de Holmes se encendió, y de nuevo me hizo recordar al sabueso que encuentra el husmillo perdido. Se lanzó al suelo y estuvo con los ojos pegados al mismo, el rastro lo llevó hasta la cocina. Esta era una habitación amplia, aparte de los estantes que guardaban los cacharros, solo había una pequeña mesa redonda de madera y unas sillas a su alrededor; pero lo que llamó nuestra atención fue que al costado de uno de los estantes había una gran mancha de sangre fresca con la forma de una mano, el rastro de sangre seguía hasta la puerta trasera y terminaba en un pequeño invernadero. Mi amigo se abalanzó hacía el estante, forcejeo por todos lados, tiró al suelo platos y cacharros, hasta que de pronto al mover una palanca habilmente disimulada, el estante cedió moviendose a un costado. Una escalera oscura y descuidada llevaba hasta una pequeña habitación completamente cerrada, solo una pequeña hendidura permitía entrar un poco de aire. Nada había en ella solo una vieja cama de metal y sobre ella, cubierto solo por una manta el joven Laurents.

Estaba demacrado y apoyaba su bella cabeza sobre la pared. Sus ojos parpadearon cuando la luz de las linternas lo alumbro. No mostraba ni alegría, ni terror, en su azul mirada.

- Afuera hay un hombre muerto Holmes, tiene una herida en un costado, debe haber muerto desangrado.

- Sí, es Douglas. Ya hablaré con usted Lestrade, ahora por favor, déjeme a solas con el muchacho. No Watson, no se vaya, quedese conmigo.
Está fue la primera y la última vez que vi a Holmes con una ternura que parecía imposible en aquel hombre de maneras frías y reservadas; cuya existencia parecía ser toda raciocinio sin corazón, él que tan enemigo era de cualquier manifestación de sentimientos, estaba ahora medio arrodillado delante del muchacho.
- ¿Se encuentra usted bien jovencito, nadie lo ha lastimado?
El muchacho lo miro detenidamente, los ojos se le llenaron de lágrimas y sin pensarlo le echo los brazos al cuello, mientras sollozaba. Holmes lo estrecho entre los suyos, acariciando torpemente sus rubios cabellos. Creo que en esos momentos fue el padre que nunca sería.
- Esta golpeado, ese bruto lo ha golpeado mucho ¿verdad?... pero, él no...
- No, no señor, yo no lo deje. Me amenazó de todas formas, no he comido desde el día que me encerró aquí. Solo me dejaba algo de agua, me obligo a desvestirme. Siempre que se acercaba yo luchaba con todas mis fuerzas y terminaba golpeándome. Pero yo sabía que aquella situación no iba a prolongarse por mucho tiempo, yo me debilitaría y pronto ya no podría resistirme. Así que saque uno de los barrotes de la cama, estaba muy vieja y no fue difícil soltarlo. Y hoy cuando de nuevo vino a atormentarme... me defendí, forcejeamos, y él mismo termino por hundirse el arma. Yo solo quería herirlo para poder escapar.
El joven de nuevo se refugió en los brazos de Holmes llorando como un niño perdido a mitad de la noche. Esta de más decir que todas mis simpatías eran para el pobre muchacho y no me averguenza reconocer que me alegre que una justicia superior a la humana hubiera alcanzado a un ser tan malvado como aquel.
- Es un joven valiente. Ahora procuré levantarse, eso es, despacio. Watson, haga el favor de revisar a nuestro amigo en su calidad de médico, luego veremos de conseguir algo de ropa y comida. Pronto lo devolveremos a su padre que tanto lo ha echado de menos y ya verá como poco a poco está horrenda pesadilla quedará atrás y usted volverá a ser el joven alegre e inteligente que siempre ha sido.

Cuando salimos al invernadero vimos el cuerpo de Douglas que yacía sobre unas cortinas teñidas de sangre, las que seguramente había arrastrado al caer, a su costado, cerca de su brazo, aún estaba el objeto que le había acarreado la muerte.
Encontramos algunas ropas del propio Douglas para vestir al joven, y lo sacamos de aquel espantoso lugar. El encuentro con su padre fue emotivo, con mucha dificultad pude disipar el nudo que se iba formando en mi garganta. Observe de reojo a Holmes y vi que sus ojos brillaban mientras una sonrisa tranquila le iluminaba el delgado rostro.

- Vamos mi querido Watson, nuestro trabajo aquí ha terminado. Le he dejado al inspector Lestrade los lugares donde se alojó Douglas, allí debió tener escondrijos similares. Por desgracia, los cuerpos de los otros jóvenes deben yacer allí, los infelices no tuvieron la suerte de mister Laurents.

- Solo tengo algo que no alcanzó a comprender, si Laurents hirió a su captor en el escondrijo, cómo se explica la marca ensangrentada de la mano, y por qué razón camino hasta el salón y luego, herido como estaba regresó hasta el invernadero.

- Aquí mi buen Watson entramos al terreno de las especulaciones, conociendo su naturaleza cruel, cerro el escondite para evitar que el muchacho escapara, fue allí donde dejo impresa la huella de su mano, sin saber que nos estaba dando una valiosa pista. Aún herido, pero con la suficiente fuerza, fue hasta la sala para buscar el arma que tenía guardada en una gaveta, regreso hasta el escondite para matar a su víctima, pero las fuerzas lo abandonaron, camino unos pasos y se desplomó. ¿le parece que encaja bien todo esto?

- Perfectamente, estoy seguro que todo ocurrió tal como lo describe.

Salimos en silencio con la seguridad que el amor de aquel padre pronto disiparía los últimos nubarrones de la limpia mirada del joven. Aspire el frío aire invernal, pero por alguna razón, mientras caminaba con Holmes hasta nuestras habitaciones en Baker, el aire me pareció más puro.


Ilustraciones: Sidney Paget
Fotos: Vista de la Universidad de Oxford, Bodleian Library, Las aventuras de Sherlock Holmes, Granada TV
Albert Laurents: Jude Law