09 julio, 2007

Una ventana y el terror II

Aquella mañana era algo distinta a las demás, ese día llegaba la lancha de la policía con nuevos presos. Todos eran acusados de terrorismo, los lideres aguardaban ansiosos a la orilla el desembarco. Incluso Juan abandono por un momento sus dibujos y también fijo su mirada en la fila de hombres esposados que iban descendiendo poco a poco de la lancha. Todos llevaban como podían algunos bultos con sus pertenencias, en sus rostros se retrataba el miedo y la ansiedad. Sabían que sus lideres los protegerían, pero si fallaban en algo, nadie podría salvarlos. Juan seguía con la vista fija en ellos, esperando encontrar algún rostro conocido, pero su búsqueda era inútil, estaba a punto de volver a su trabajo cuando alguien atrajo su atención. Era un joven de unos veinte años, de cabellos oscuros y piel dorada por el sol, de caminar elástico y músculos bien delineados bajo las delgadas prendas que lo cubrían. Sin duda aquel muchacho estaba acostumbrado al trabajo al aire libre. Conforme iban bajando, un guardia iba pasando revista, revisando sus cosas y despojándoles de las esposas.
Pronto se perdió de vista entre el gentío que empezó a rodearlos. Entonces Juan recogió su tabla y sus papeles y continuo haciendo sus trazos, tenía muchos trabajos por entregar. Varias fotos de mujeres se acumulaban a un costado; eran las novias o las mujeres de los presos. Ya no volvió a pensar más en el muchacho, hasta que cayó la tarde y de nuevo empezó el diario ritual, los hombres regresando a las celdas... y para él era como regresar a una tumba. Siempre apagaban las luces a las diez de la noche. Pero el tenía a la mano su provisión de velas y cerillas; entonces se ponía a hojear algunos de sus libros, su mayor tesoro, y perdido entre sus páginas... todo desparecía, la celda, los barrotes, la isla. Podía volar a dónde quisiera. Aquella noche estaba muy cansado, se había pasado todo el día dibujando, y no es que lo le gustará hacerlo, pero lo disfrutaba mas cuando su mente y su mano eran libres para trazar en el papel; pero los encargos le aseguraban muchas de las cosas de las que disfrutaba. Empezaba a ceder por completo al sueño, cuando de repente escucho a uno de los guardias proferir algunas palabrotas, abrirse su celda y el golpe seco de un cuerpo al caer al piso; todo ocurrió en menos de un minuto. Se levanto rápidamente y volvió a encender la vela, allí estaba hecho un ovillo en el suelo el muchacho que había visto en la mañana.
- ¿Estas bien?... estos guardias son unos animales.
- ¡Déjame en paz!
- Bien... ¿quieres que deje la vela encendida?
Nada le respondió, se dedico a acomodar el viejo colchón que le habían entregado y las mantas. Cuando terminó se acostó y le dio la espalda, ninguna palabra salió de su boca. Juan lo observó por una rato más... su cabello era negro y brillante, tan brillante que parecía que una estrella habitaba enredada en sus ondas. Después apago la vela y se envolvió en su delgada manta. Las primeras luces del alba empezaban a colarse por la ventana, un sollozo apagado prontamente quebró el silencio. El joven lloraba, Juan veía su cuerpo estremecerse, rápidamente dejo su lecho y se acerco hasta él, quiso poner su mano sobre su hombro y acariciarlo pero el gesto se le congelo en el aire.
- Deja de hacerte el duro. Aquí todos se quiebran, llora todo lo que quieras.
- Por qué no me dejas tranquilo...ohhh...¡vete al infierno!
- Pronto sonara las sirena para ir a las duchas, y después a desayunar... bueno, sí a lo que comemos se le puede llamar desayuno. Pero echar algo caliente al cuerpo en las mañanas siempre viene bien.
- Yo no quiero ir a ningún lado, no quiero.
- Pero... dónde crees que estas, ¿en tú casa o en un hotel?. No, aquí existen reglas y por tu bien es mejor que las sigas. A las cinco de la mañana vamos a las duchas, sea verano o invierno; a las cinco y media nos desayunamos y a las seis nos echan afuera. ¿Tienes jabón y toalla?
El otro negó con la cabeza. Entonces Juan Carlos se puso a rebuscar entre sus cosas, saco una toalla amarilla y brillante y una barra de jabón y se las tendió al muchacho. El otro las recibió en silencio y clavo una mirada huraña en el otro.
- ¿Cómo te llamas?
- Antonio... ¿suficiente?
- Sí, por lo menos ahora sé cómo llamarte.
La sirena rompió el silencio, las rejas se abrieron. Y pronto una fila de hombres somnolientos llenaron los pasillos rumbo a las duchas; llevaban sus toallas colgando del hombro. Juan avanzo entre el grupo, pero sin perder de vista a su compañero, le alegro ver que iba tras él, aparentando indiferencia. Se ubico bajo una de las duchas y Antonio lo hizo en la siguiente. Juan le veía desprenderse con rapidez de sus ropas y ponerse bajo el chorro de agua. En verdad tenía un cuerpo hermoso, la mirada se le perdía en las varoniles formas del joven. Entonces cerró los ojos con fuerza y dejo que el chorro frió de agua apagara el incendio que amenazaba desatarse en sus sentidos. Regresaron a las celdas y de allí al amplio comedor. Después... después la vida. Al abrirse la reja se operaba en Juan un cambio ostensible; el verde de sus ojos se hacía diáfano, sus mejillas se coloreaban y el coral de sus labios se hacía más intenso. Era como una flor marchita, que a los primeros rayos de sol cobrara vida de nuevo.
Se sentó en su piedra con sus papeles, le asombro ver a Antonio observándole a unos metros.
- ¡Vamos acercate!, ¿quieres ver lo que hago?
- No, no sé, a ver...
Entonces Juan Carlos hizo desfilar ante sus ojos sus mejores dibujos. Las aves surcando el cielo, o lanzándose en picada para coger su alimento o dormitando en las rocas; allí estaban los hombres pescando, jugando a la pelota o comiendo; allí estaba el horizonte.... tan cercano que bastaba estirar la mano para alcanzarlo.
- Son como fotos... no, son más bonitos que las fotos.
Por un momento aquel gesto adusto que siempre endurecía su semblante desapareció y algo parecido a una sonrisa se dibujo es sus labios. A la luz del día y mientras Antonio repasaba los dibujos Juan pudo observarlo a su antojo. Tenía un rostro agradable, los ojos muy negros, algo gruesos los labios y las mejillas angulosas sombreadas por una barba de unos dos días. Antonio le tendió los dibujos, su mirada tenía de nuevo la dureza y desconfianza habituales.
- ¿Y haces esto todo el día?
- Sí, hago esto y otras cosas y me va bien
- No entiendo
- Dibujo para los presos y ellos me pagan con cosas que necesito; cerillas, jabón, toallas, ropa, qué se yo, todo depende de la dificultad del dibujo. Y tú que haces... o mejor dicho qué hacías antes de que te apresaran.
La mirada del otro se hizo aún más sombría. Sus labios se movieron como si fuera a decir algo, pero en vez de ello se dio la vuelta y se sentó algo lejos de Juan y allí permaneció en silencio hasta que el ruido de la sirena volvió a llamarles.
Antonio no pudo evitar la sorpresa al ver como mudaba el rostro de su compañero en cuanto la reja se cerraba tras ellos. La luz que habitaba en sus ojos se extinguía y su semblante empalidecía. Le extraño aun más verle subir a la silla y mirar por la ventana.
- ¿Pero qué haces ahí?
- Sabes... si no existiera esta ventana enloquecería. No soporto el encierro, cuando me asomo y siento la brisa del mar y veo las luces en el horizonte... es como si regresara afuera.
- ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
- Unos dos años. Y a ti... ¿cuándo te atraparon?
- Que más da...que más da. No sabía que iba a venir a para aquí, no sé si podre soportarlo.
Con aquellas palabras dio fin a la coversación y se tendió sobre su delgado colchón. Juan tomo uno de sus libros y leyó un rato hasta que apagaron las luces. Dejo su lectura a un costado y se durmió. Siempre había tenido el sueño ligero y le despertó el rumor de la voz de Antonio, este parecía quejarse entre sueños. Juan se levanto y encendió su vela, el muchacho tenía la frente inundada de sudor, sin duda tenía una pesadilla. Juan lo sacudió suavemente, entonces Antonio abrió los ojos muy grandes... en ellos se leía un terror y una angustia muy grandes.
- ¡Ya basta, ya basta! ¡dejenme en paz!
- ¡Antonio,Antonio, despierta!
Antonio se incorporo, y camino un rato por la celda hasta calmarse, entonces volvió a su lecho y se recosto.
- No puedo dormir... no puedo... desde aquel día.
- ¿Qué día, de qué hablas?
- Hoy no, hoy no quiero hablar de eso... hoy no, no podría.
- Bien, habla cuando quieras. Yo me quedare a tú lado hasta que te duermas...espera, voy a traer algo para leerte...¿quieres?
- Sí, leeme algo, lo que sea.
Juan trajo un libro de poemas y comenzó a leerlos, su voz cálida y musical actuó sobre el otro como un sedante, poco a poco sus ojos se fueron cerrando hasta quedarse dormido. El dibujante entonces le beso suavemente la frente y casi sin pensarlo rozó con los suyos los labios entreabiertos de Antonio.

7 comentarios:

Arquitecturibe dijo...

Oyeme tu, que buen relato.... te cuento que estoy muy enfermo con migraña y casi no he podido scribir ni leer, pues me molesta la pantalla del pc, pero no pude dejar de leer esto... y que lindo.... tambien le heché un ojo a lo de Macchu... y me pareció demasiado acertada.... espero que la vida me brinde la oportunidad de conocer lugares tan hermosos... un beso desde mi galaxia en cuarentena!

devezencuando dijo...

¡Wow Rosita!

Esteee...¡¿Decías que el relato ya no daba para más?!. Bueno, pues muy bonita sorpresa me he llevado con esta continuación entonces.

dark angel: Que te mejores pronto.

Rosa dijo...

Igual que Dalia, espero que esa migraña te deje pronto. Parece que es una "amiga" habitual de muchos montañeros.

Un beso.

Dalia dijo...

y yo que pensaba que no ibas a continuar con esta historia!

Muchas gracias Rosa, me está gustando muchísimo :)

Dalia dijo...

Dark Angel, mejorate pronto, ya se lo que es eso de las migrañas y más bien eres muy valiente al estar viendo la pc teniéndola.

pon dijo...

Halaaaa!!!!!!!!!!

JfT dijo...

Aquí estoy visitando tu casa, por fin... para encontrarme con este precioso relato.
Me tomo esta pequeña pausa antes de continuar para felicitarte y saludarte.
Un beso,

JfT